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miércoles, 17 de mayo de 2006



Según datos del Ministerio de Sanidad, alrededor de 170.000 adolescentes de entre 14 y 18 años han consumido dicha sustancia en los doce últimos meses
ELENA D. DAPENA. MADRID.


La cocaína se ha abierto camino -y con éxito- entre la juventud española, a la luz de los últimos datos que dio a conocer ayer el Ministerio de Sanidad: el consumo de esa sustancia entre adolescentes españoles de 14 a 18 años se ha multiplicado por cuatro en el último decenio, pasando de 1,8% de usuarios en 1994 a 7,2% en 2004. En el último año la han probado siete de cada cien adolescentes, lo que significa que entre 160.000 y 170.000 menores de edad han consumido cocaína en los doce últimos meses. Lo peor, según las estimaciones, es que hasta un 15 por ciento de ellos acabará siendo adicto a la sustancia.

La propia ministra de Sanidad, Elena Salgado, calificó esos resultados como «alarmantes» e insistió en que, ante esas pésimas cifras, «tenemos que mejorar la capacidad del sistema». No en vano, profundizando en los resultados recogidos en la última encuesta escolar sobre drogas, se puede subrayar una cifra desoladora: 90.000 menores habían probado la cocaína durante el último mes.

Baja percepción del riesgo

La ministra Salgado achaca este aumento en el consumo a tres razones básicas: la baja percepción del riesgo que supone esta droga, la posibilidad de obtenerla fácilmente y su reducido precio, al alcance de casi cualquier adolescente. Desde Sanidad se está intentando atacar los dos primeros frentes. De hecho, el incremento de la sensación de peligro -tanto físico como psíquico- es uno de los ejes del plan de acción sobre drogas para el período 2005-2008, presentado por la ministra el pasado mes de marzo. En cuanto al tráfico de drogas en el entorno escolar, la ministra ha hecho hincapié en el trabajo que su departamento está realizando en colaboración con el Ministerio del Interior, que el pasado año destruyó 177.000 kilos de estupefacientes.

Paralelamente a estas cifras van las obtenidas del consumo por parte de adultos: 1,7 millones de españoles, de entre 15 y 64 años, han probado, al menos una vez en su vida, la cocaína. De ellos, aproximadamente 300.000 son consumidores habituales. Sobre este punto, el doctor Luis Caballero Martínez, autor del libro «Adicción a la cocaína: neurobiología clínica, diagnóstico y tratamiento», matizó que hay que distinguir el consumidor habitual de cocaína del adicto a otras drogas. En su opinión, la cocaína no genera los mismos síntomas de abstinencia que otros estupefacientes; puede tomarse de forma intermitente, sin necesidad diaria de ella, y esto puede llevar a pensar que no supone una adicción para su usuario. Pero «esto es falso», afirmó Caballero. Aunque muchos dependientes de la cocaína no saben que lo son, ésta, igual que otras drogas clásicas, acaba «secuestrando la motivación del individuo». El recuerdo de la euforia que produce y sus efectos poco duraderos empujan a quienes la consumen a repetir una y otra vez, hasta convertirse en «totalmente adictos», aunque «sólo» la prueben una vez por semana.

Efectos del consumo

Las consecuencias de esta adicción, estudiadas en múltiples ocasiones, han sido recopiladas en el estudio del doctor Caballero. La sociabilidad del consumidor, su rendimiento laboral o escolar y su salud se ven gravemente perjudicados por esa sustancia. Uno de los resultados más comunes y dramáticos es la psicosis cocaínica. Hasta un 70 por ciento de los consumidores habituales acaban cayendo en esta enfermedad psiquiátrica, con la que el drogodependiente pasa de un estado de suspicacia a graves conductas compulsivas, como comprobar continuamente que las puertas están cerradas, tener la sensación de que hay extraños en casa o miedo a la oscuridad...

Ese es un efecto del consumo continuado de cocaína, pero existen secuelas no sólo reservadas a veteranos: la posibilidad de sufrir un infarto durante el consumo se multiplica por 24, con independencia de la dosis o la frecuencia con la que se accede a la droga. Además, el infarto causado por la cocaína no requiere enfermedades cardiovasculares anteriores: es un efecto directo de su consumo.

Lo más desalentador es que aún no existe un tratamiento biológico estandarizado para la cocainomanía -como sería la metadona para los heroinómanos-. Por eso, su cura es más compleja. En la mayoría de los casos, requiere de un fuerte proceso psicoterapéutico, ya que la dependencia de la cocaína provoca trastornos psiquiátricos graves -al margen de los físicos-, hasta el punto de que su consumidor habitual acaba prefiriendo una dosis a cualquier otra actividad humana, ya sea sexual, intelectual o de cualquier otro tipo.

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