Lunes, 11 de diciembre de 2006


El padre Aldo Marchesini, misionero dehoniano y m?dico, se contagi? de sida ejerciendo su vocaci?n en el hospital de Quelimane, en Mozambique.
A semejanza de Cristo, lleva sobre su cuerpo las dolencias de aquellos a los que est? dedicando toda su vida. La revista Nigrizia ha publicado un testimonio suyo, del que hacemos un extracto:

A m? me gusta el calor, y siempre he agradecido al Se?or el haberme hecho vivir en Quelimane, un lugar muy c?lido y h?medo. Sacerdote que da la vidaEste a?o, sin embargo, el calor, literalmente, me ha destrozado, lo que no me hab?a pasado nunca. Adem?s, durante varias noches, he tenido fiebre, acompa?ada de una tos seca, insistente; la posibilidad de dejar pendientes algunas operaciones me preocupaba, especialmente cuando, a los pocos d?as, me marchaba de vacaciones a Italia.

Al llegar a mi pa?s, mis amigos y familiares me dijeron que ten?a mal aspecto, y que deb?a hacerme un examen. Cuando el m?dico que me atendi? me comunic? los resultados, me dijo, con un cierto embargo, que era portador del virus del sida. Me qued? sin palabras. Confieso que no experiment? ninguna emoci?n en particular, ni siquiera me desanim?. Como m?dico, muchas veces he tenido que comunicar a mis pacientes que eran seropositivos, lo que era un deber muy duro para m?. A veces me imaginaba que estaba en su lugar, y ese pensamiento me causaba una cierta angustia; me tranquilizaba dici?ndome que no estaba enfermo, y que esos eran s?lo fantasmas mentales. ?Pero la verdad es que ahora era yo el paciente! Sin embargo, no sent? esa angustia, ni tampoco rebeli?n ni miedo. En mi interior, todo permanec?a igual y todo hab?a cambiado, cambiado para siempre.

Considerando que el 20% de mis pacientes son seropositivos y que, como cualquier cirujano, corro el riesgo de herirme, las ocasiones de contagiarme no eran pocas. Reconozco que la gracia de Dios me hab?a ayudado a acoger con serenidad la noticia; por otro lado, creo que parte de mi tranquilidad derivaba del hecho de que existen f?rmacos altamente eficaces, con lo que la esperanza de vida era buena. Deber?a tomar un cocktail de tres f?rmacos, en dos dosis, una por la ma?ana y otra por la noche. Gracias a esto, los virus en circulaci?n quedan reducidos a un n?mero insignificante, mientras que los linfocitos, fabricados por el cuerpo en una cantidad mayor de la que son destruidos, comenzar?an a aumentar. La esperanza de poder convivir con la enfermedad durante un largo tiempo me consolaba.

Sin embargo, el pensamiento de que esta esperanza radicaba en el solo hecho de que era italiano, y de que as? podr?a acceder a la medicaci?n, me atormentaba. Pero, ?y mis pacientes mozambique?os? ?Por qu? no pod?an tener ellos la misma esperanza? ?Por qu? no pod?an tener tambi?n acceso a la terapia? Sent?a que deb?a empe?arme en hacer que otros hombres y mujeres -al menos, los habitantes de Quelimane- pudiesen tener la misma esperanza de vida que yo.


Hab?a o?do que la Comunidad de San Egidio estaba iniciando una experiencia piloto en Mozambique, con el objetivo de ofrecer gratuitamente a los africanos enfermos de sida el mismo tratamiento disponible en las naciones ricas. Decid? ir a Roma a hablar con el responsable del proyecto; el encuentro fue muy positivo, y volv? a casa lleno de esperanza: hab?a encontrado el modo de poder comenzar en mi hospital de Quelimane una terapia antirretroviral eficaz... y gratuita. Volv? a Mozambique cinco meses despu?s de la fecha prevista para mi regreso, sin miedo, y reanud? mi trabajo en el hospital. ?Estoy content?simo!

He decidido no esconder a nadie mi enfermedad; ahora, todos saben que el padre Marchesini, el doctor del hospital, es seropositivo, est? haciendo la terapia, est? vivo, est? bien y contin?a trabajando. Dentro de pocos d?as, tambi?n sabr?n que la terapia est? ya disponible para todos los enfermos, que ya no habr? necesidad de esconderse, o de negarse a hacerse la prueba por miedo a saber. Son ya muchas las personas que se han acercado a m? para hablar, para recibir consuelo y ser encaminadas hacia la terapia.


Aqu? finaliza mi historia, pero mi aventura interior contin?a en compa??a de una multitud de enfermos de Mozambique. No puedo m?s que agradecer al Se?or el haberlos conocido, y haber conducido las cosas de modo que la semilla de la esperanza pudiese, en un breve espacio de tiempo, transformarse en una gran ?rbol; un ?rbol que ofrece sus frutos a todos aquellos que lo necesitan.

Aldo Marchesini en Nigrizia



No al sida


Publicado por C.I.A.S @ 13:22  | Iglesia y SIDA
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