El Doctor Manuel Leal es
especialista en Medicina Interna, trabaja en el Servicio de Enfermedades
Infecciosas del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla y dirige el laboratorio de
Inmunovirología
Lleva trabajando desde principios de los años 80 con
pacientes infectados por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), agente
causante del SIDA. Fue el primer médico en comunicar en Europa que había
pacientes hemofílicos que estaban infectados por VIH. Su labor profesional se
reparte entre atender a pacientes infectados por el VIH, la dirección del
laboratorio de investigación y la labor docente de pregrado y
posgrado. El Doctor Leal es uno de los principales impulsores de la Red
de Investigación en SIDA (RIS), creada en 2002. La RIS es un espacio de
investigación en un campo complejo que exige un esfuerzo multidisciplinar, y
que reúne a un total de 90 investigadores básicos y clínicos. Actualmente la RIS
investiga los casos de más de 4.000 pacientes, recogidos en diferentes centros
especializados que permiten tener una radiografía de la investigación y los
perfiles de los enfermos a nivel nacional. Este modelo en red permite acelerar
el desarrollo de tratamientos eficaces en la lucha contra el SIDA y mejorar la
asistencia al enfermo. ¿Se podrá encontrar una solución definitiva al
SIDA? En tan sólo quince años la mortalidad causada por el VIH ha
disminuido debido a la disponibilidad de tratamientos antivirales cada vez más
eficaces. Sin embargo, desafortunadamente, el virus no puede ser erradicado del
organismo; en consecuencia la infección sólo puede ser controlada, no curada.
Es importante señalar que las consecuencias a largo plazo de tener en el
cuerpo un virus de las características del VIH (aunque esté controlado por los
medicamentos) son en gran parte desconocidas, pero observaciones recientes
indican que estas personas son más vulnerables a padecer cánceres y a
experimentar un envejecimiento prematuro de su sistema inmune. En consecuencia
lo más importante en la lucha contra el SIDA sigue siendo la prevención, no
infectarse. Hay que precisar que la epidemia del SIDA es de escala
planetaria, y además incontrolada en el momento actual. Tenga en cuenta que la
marcha de una epidemia no se mide por la disminución de la mortalidad, sino por
la aparición de nuevas infecciones. Desgraciadamente el número de nuevas
personas infectadas sigue creciendo en todo el mundo, y por supuesto en España.
Las personas más vulnerables a la infección son los jóvenes y la ruta más
frecuente de transmisión del VIH son las relaciones sexuales (tanto homo como
heterosexual). En mi opinión las campañas de prevención están lejos de
ser satisfactorias, ya que se centran exclusivamente en el uso de preservativos
Se comete, además, el grave error de estigmatizar y excluir instituciones que
subrayan otras medidas preventivas eficaces, tales como una educación sexual
sólida acorde con lo que es el hombre y la fidelidad dentro de la pareja. Le
diré algo: las dimensiones de la epidemia del SIDA son tan dramáticas, que en su
prevención nadie sobra, incluido instituciones (no necesariamente religiosas)
que aporten soluciones no “políticamente correctas”. ¿Cómo tratar a un
paciente infectado que sabe que su enfermedad no tiene curación? Son
muchos años los que llevo atendiendo a pacientes con Sida, desde 1983 cuando era
médico residente en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla. Los primeros años
fueron muy duros; carecíamos de tratamientos frente al virus y se nos morían
entre 2 y 4 pacientes por semana. El SIDA ha condicionado prácticamente toda mi
vida profesional, tanto en su vertiente de asistencia clínica directa en sala de
hospitalización y consultas, como en investigación y docencia. He cerrado los
ojos a muchos enfermos/amigos. Al poco tiempo de empezar a tratar
enfermos con SIDA se produjo en mi vida interior cambios profundos que me
llevaron, como hijo pródigo, a Dios y a la Iglesia Católica. Mi encuentro con
Dios, a través del Opus Dei, hizo desplegarse en mi interior un sinfín de
realidades ocultas: 1) En cada uno de mis enfermos, de alguna forma está Cristo;
2) Dios quiere que dé frutos donde estoy plantado, con mis hermanos más
inmediatos: enfermos, familia, colegas; 3) Dios me quiere trabajando, haciéndolo
bien: curando cuando se puede, aliviando y siempre consolando; 4) Mi
inteligencia (mis “talentos”) también me la ha dado Dios para que descifre
enigmas de su Creación, que además de satisfacer mi curiosidad innata, la ponga
al servicio de mis enfermos, salvando vidas; ese es mi oficio. En el Opus Dei
entendí la dimensión sobrenatural del trabajo, y la responsabilidad de hacerlo
bien. De todas formas, antes de volver a la Fe, ya tenía claro (por
sentido común) que el ser humano existe desde el momento de la concepción, y
persiste hasta el momento de la muerte. En consecuencia carezco de autoridad
para cegar sus vidas. Ésta consideración es de sentido común, pero a la luz de
la Fe adquiere dimensiones de sabor eterno. Antes se ha referido a la
falta de educación en valores para afrontar la lucha contra el SIDA y otras
cuestiones bioéticas. ¿Cómo acertar? Me separo ahora un poco de la
enfermedad del Sida, que abordaré un poco más adelante, y comienzo esta
respuesta hablándote del drama del aborto. Como médico sé que un feto no es un
amasijo de células, ni mucho menos un tumor que necesita ser extirpado. Un
médico sabe –sea creyente o no– que un feto es un ser humano que tiene muchas
potencialidades. No se trata de un ser humano potencial, como se dice ahora.
Esto es un concepto de sentido común. Hay mucha desinformación al respecto. El
aborto es un gran fracaso de la medicina. El médico está para intentar salvar
vidas, no para destruirlas. Volviendo al Sida, considero que es
fundamental una adecuada educación sexual de los jóvenes, que comience en la
familia. Lo he dicho antes y lo reitero. Nos jugamos tanto, que para atajar esta
epidemia no sobra nadie. No podemos excluir por razones meramente ideológicas
propuestas que ayudan o fomentan, por ejemplo, la abstinencia, o las que vayan
encaminadas a fomentar la responsabilidad de los jóvenes. Hace falta un debate
sereno, sin exclusiones ideológicas, porque nos jugamos mucho.